A veces me gustaría rezar. Cuando veo miradas perdidas, y carteras llenas, y no tan llenas. Cuando me quedo paralizada ante la soledad fortuita de las ideas. Cuando la clarividencia de nuestro futuro guiado no puede de ninguna de las maneras maquillarse, querría dirigirme a Dios, a pesar de no conocernos. Ateísmo o agnosticismo se hacen insuficientes en los momentos en que parece perdido el combate contra la injusticia, que cada vez se nos presenta con más naturalidad. Entonces sólo puede ofrecer consuelo el dejarse llevar por la oración, a gritos. Gritos ahogados por susurros que denotan una imprescindible intimidad. Pedir por la luz, unidad y libertad. O mejor pedir por un poco de suerte...
Pero un instante antes de rendirte al amparo ontológico, el cual no parece materializarse nunca, te compadeces. ¡Y éramos su finalidad! ¡Y somos la mierda cantante y danzante del mundo!
Ahora no cabe duda, también está llorando
1.11.2011
1.09.2011
1.06.2011
Paz pasajera, paz de momento
¿Te has parado a mirar últimamente las estrellas? Puede parecer difícil al principio, aquí donde vivimos. No logro recordar cuándo las luces pasaron a iluminar el asfalto y cegar el cielo. Cada vez resulta más complicado dedicarle tiempo a lo que de verdad merece la pena, reconocer lo que queremos. Sabemos que están ahí, y es por eso que cada vez nos dedicamos con más intensidad al abandono. Lloraremos cuando desaparezcan por completo, los que aún no lloran. Sabed que no hablo solo de las estrellas.
Siempre me encantó mirarlas. La otra noche las vi. En unos segundos abarqué la inmensidad del infinito, con tan solo la palma de mi mano. Solía perfilar estas diminutas lucecitas con la mirada, y hacerlas lo más grande. También solía enamorarme en aquellos momentos. Pero la última vez fue distinto. Atravesé el cristal que me separaba de ellas con la facilidad de un fantasma. Entonces estuve muy cerca de ti. Puede que incluso llegara a tocarte, o puede que fueras tú quien acariciases mi mano: la paz
Siempre me encantó mirarlas. La otra noche las vi. En unos segundos abarqué la inmensidad del infinito, con tan solo la palma de mi mano. Solía perfilar estas diminutas lucecitas con la mirada, y hacerlas lo más grande. También solía enamorarme en aquellos momentos. Pero la última vez fue distinto. Atravesé el cristal que me separaba de ellas con la facilidad de un fantasma. Entonces estuve muy cerca de ti. Puede que incluso llegara a tocarte, o puede que fueras tú quien acariciases mi mano: la paz
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