12.24.2010

Feliz Navidad

Hoy he estado en un centro comercial. O más bien debería decir "ayer", ya que son las dos y media de la madrugada. Aún así soy incapaz de encontrar el silencio en esta noche gélida. El viento trastorna. Cuando estás tumbado, solo y sientes los latidos de tu corazón por encima de todo, más rápido de lo que te gustaría, es cuando sabes que vas a escribir, aunque no por inspiración ni nada parecido. Simplemente algo te acecha. A veces es imposible dejar pasar una verdad. La lámpara de tela del salón y mis ojos más abiertos que nunca me lo impiden. Considero muy generosa a la naturaleza, pues a todos nos dota de alguna cualidad que nos permite expresarnos. Esa pequeña virtud parece serlo todo en la mayoría de los momentos. Pero hay veces que estás paralizado. La expresión, el lenguaje, esencia humana son imposibles. Cuanto más lo piensas, más calor te invade, más rígido te vuelves. Las Navidades siempre me han vuelto estática y miedosa.
Hoy he hecho una eterna cola. No habría deducido el tiempo aproximado de la duración de aquella costumbre en cuanto al orden se refiere, de no se por la cara de la dependienta. ¡Podre mujer Dios mío, que alguien la salve! Que alguien nos salve a todos porque yo hoy no tengo fuerzas. Su pelo era débil y escaso. La piel no tenía brillo. No había luz. Parecía envejecer por momentos, a cada artículo registrado, a cada cliente con buenos modales, y malos, a cada billete contado. Mi madre me había dejado haciendo la cola, por lo que me sumí en mis pensamientos, los cuales solo ella podía apaciguar. Llevaba bolsas, pesarían unos cien kilos cada una. Mi columna era de hierro, pero mis piernas de arena.  A mi alrededor muchísimas mujeres- ¿En qué estáis pensando? ¡Quiero miradas sinceras! ¿Hay alguien?- Y mientras los hombres, maridos y novios supongo, esperaban en las puertas de las tiendas. Estatuas con la mirada y la dignidad perdidas, perdidos. Algunos hasta se confundían con los maniquís de los escaparates. Otros parecían querer matar a sus hijos, que correteaban por todas partes. De los otros ni hablemos. ¿Seguiría la Navidad en pie si por los hombres fuera? Qué mierda.


Yo hace un tiempo que ya escribí mi carta. No sé si a Papa Noel, Los Reyes Magos, Dios o al azar. Muy a menudo y sobre todo en estas fechas me pregunto dónde estará. Sólo tengo por seguro que comparte sitio con el resto de cartas que todos hemos escrito. Quizás algún rinconcito, otro planeta o lo que es peor, el olvido. Exactamente de esos retales de conciencia no logro averiguar el paradero, pero estoy segura que algo de ellos queda en el aire. Estén donde estén, se han convertido en miedo, es por eso que los dejamos de lado. Transformamos nuestras máximas aspiraciones, nuestra esencia, en sueños pasionales e irrealizables, sólo por tener derecho a seguir muriendo algunas décadas más en esta vida acomodada.

12.19.2010

Pero la misma mirada felina

Otro domingo. Otra canción:
Un fin de semana que empezó con filosofía, repleto de reflexiones, lecturas, cine y amistad.
...comprendes que el destino llega por casualidad.

Una gran canción de amor, en la que no puedes evitar cuestionarte si la cosa consiste tan solo en el puro azar, y en la capacidad que tenemos de amoldarnos a lo que nos rodea.

12.18.2010

Naturaleza de lo trascendente

Tenía los ojos hinchados. Había llorado minutos antes. Sus uñas estaban mordidas y sus dedos castigados. La había visto así en algún momento,  pero esta vez era distinto. Claro y distinto, abrumador. Experimentaba la verdad, como hacía  mucho tiempo. O como quizás nunca antes. Se rindió a la obviedad.
Todo ello se tradujo en una imagen de lo más real, que me hizo incluso llorar de felicidad, pero a la vez fantástica, pues no esperas encontrarte con ella una mañana de lluvia. Ni si quiera en el resto de las mañanas.  A pesar de su cuerpo cansado de todos los años anteriores y sobre todo de la noche pasada y sus estragos enfermizos debido a los nervios, la vi más bella que nunca.
Su pelo estaba alborotado con tibieza, sus cejas mansas y reposadas. Destacaban  las pestañas, ennegrecidas y muy largas. Contorneaban su mirada. A pesar de la rojez de su retina, pues ni si quiera había podido dormir, sus ojos brillaban. Me deslumbraron, sin duda. Tenía los labios enrojecidos. Éstos enmarcaban una sonrisa ligera, que se le hacía inevitable. La certeza de su respiración, que a pesar de todo nunca había parado, hacía innecesarias las palabras. He de destacarla, pues se había convertido en profundos suspiros. Me recordaron rápidamente a los de un perro, cuando está apunto de morir tranquilo. Por el momento, se había aliviado tanto tiempo de incertidumbre.